Historia

Mirar hacia atrás. Retroceder treinta años en el tiempo y en el alma para ver cómo empezó ese camino que nos conduce al aquí y al ahora es siempre un encuentro con uno mismo y con la vida. Un reto que, al cumplir tres décadas, Aldo Noriega de los Ríos asume con la serenidad y el carácter reflexivo que son parte de la personalidad de este empresario que nunca ha dejado de apostar por el Perú.

Los primeros pasos

Incursionar en el tema joyería tomaría un tiempo aún. Era comienzos de la década de 1980, tiempos duros para todos. “Gracias a Dios nunca nos faltó de comer, pero sí hubo muchas restricciones para poder salir, ir al cine. Un día, por cosas del destino, llegó a casa mi hermano, que trabajaba en una línea aérea, con dos cajas de chocolates Cadbury que un bodeguero le había encargado y que luego rechazó. En ese minuto reaccioné: me levanté, puse los chocolates en una bolsa y le dije a mi hermano que yo las vendería. Comencé a tocar la puerta de las casas vecinas y, en menos de dos horas, vendí las 48 tabletas. ¡Así gané mi primer dinero! Y, mientras vendía, también levantaba información preguntando a la gente qué otras cosas podían necesitar. Fui apuntando en una libreta: ropa interior, perfumes, cremas, vitaminas. Era 1981, y en el Perú no había importaciones, no había nada. Con mi ganancia, le pedí a mi hermano que en su siguiente viaje trajera el doble de chocolate y los artículos que me pedían. Así empecé, vendiéndole a la gente, en sus casas, en oficinas. Descubrí que era un buen vendedor”. La constancia y el empeño dieron pronto sus frutos. Con ese trabajo pudo pagar, centavo a centavo, la deuda que tenía con Escuela Naval. Y con ese mismo trabajo se pudo costear la carrera completa de Administración de Empresas en la Universidad de Lima, a donde hizo su traslado académico.

Un giro decisivo

Durante el último año de universidad, la sugerencia de una amiga muy querida que se encontraba entre sus clientes daría un giro estratégico y comercial a la carrera del joven emprendedor. Le comentó que en su centro de trabajo todos compraban al crédito pequeñas joyas de oro, sortijas, pulseras. Literalmente, volaban apenas llegaba el proveedor. “¿Joyas? ¡Yo no sé nada de joyas!”, fue la primera reacción de Aldo, pero la idea le siguió dando vueltas en la cabeza hasta que decidió invertir todo su capital en ese momento, 200 dólares, en comprar una barrita de oro de 31 gramos. Con el material en el bolsillo, se puso a buscar un experto que transformara esa barrita en joyas que la gente quisiera comprar. Buscando y buscando dio con “Campeoncito”, un joyero amable y talentoso que le hizo su primera producción: sortijas con alguna piedrita, aritos delgados y diamantados, dijes pequeñitos. “Me entregó la producción un 30 de setiembre. Esa fecha marca mi inicio en joyería y es muy simbólica para mí porque también coincide con el cumpleaños de mi hermana Cecilia. Ese día le regalé una sortija con un zafirito, pieza que hasta hoy ella conserva”.  Montar un taller propio fue el paso siguiente e inmediato. Buscó operarios de calidad y se instaló en uno de los ambientes de la casa familiar.

La conquista de un sueño

Mientras se daba el proceso de crecimiento y consolidación como marca joyera, Aldo puso un nuevo taller, con oficinas y showroom, en Miraflores. También abrió su primera tienda en un stand en el local de Oeschle que estuvo en el Centro Comercial Higuereta. A ese local le siguieron las tiendas Hogar de Camino Real y de Santa Catalina, hasta que llegó el momento de dar un gran salto: una tienda en la calle Monte Rosa, en Chacarilla. Era 1996. Por ese tiempo también incursionó en el rubro de relojería. Corum y Hublot fueron los primeros en llegar a su tienda, así como otras prestigiosas marcas a nivel internacional. Pero fue con la representación exclusiva de Patek Philippe en el Perú que Joyería Aldo alcanzó la cúspide en materia de relojes de altísima gama. Pronto, la expansión de Joyería Aldo llegó al interior del país, desarrollando una alta joyería peruana con diseño inspirado en las raíces ancestrales de nuestra cultura, y conquistando así mercados en Cusco y Puno a través de sus locales comerciales. Y si de metas y objetivos se trata, hace menos de tres años que se concretó otro de los grandes sueños de Aldo Noriega: levantar una imponente sede corporativa que reflejara la solidez y el compromiso de una vida dedicada a hacer empresa en el Perú.